viernes, 30 de agosto de 2013
jueves, 29 de agosto de 2013
DIECINUEVE
No son veinte, no son tan redondos, pero si miro atrás, diecinueve es el número de algunos umbrales en mi vida. Hoy, diecinueve son un lapso sin recorrido, un momento que la memoria establece para olvidar infiernos entre paraísos.
La llegada desde Atlanta es nueva para mí. No me dice nada al principio, pero a medida que el paisaje se despliega como un papiro desde los ocres de grandes extensiones desérticas hacia el verde tachonado de los árboles, que pronto será una eclosión de flores, las flores del paraíso, a medida que el papiro se abre, la realidad va perdiendo sus tintes absolutos para teñirse de relativismo, para entender la insignificancia de nuestros afanes, perdidos en la inmensidad que nos rodea y que solo se ve cuando subimos y miramos desde arriba.
Han pasado diecinueve años desde aquella primera vez en que atrás quedaba el infierno, diecinueve años para volver de un infierno mayor. Otros trayectos intermedios no fueron tan drásticos: de algún modo parecía que el infierno podía dejar de serlo, incluso podía parecerse al paraíso. Infierno y paraíso, dos polos falsos, dos maneras de ver y sentir la realidad metafóricamente, dos maneras de hablar de la pena y de la alegría, de la fealdad y de la belleza, de la oscuridad de la ignorancia autocomplaciente y de la búsqueda de la luz a través del saber, de la reflexión. Dos formas de referirse a dos maneras de sentirse en el mundo.
Y no hace falta bajar del avión. Ya antes de que se abran las puertas del paraíso, miro a mi alrededor y veo expresiones amables que reciben tu mirada y sonríen, que son conscientes del medio en el que se mueven, de las personas que los rodean, de que no son los únicos que están en el mundo, que no se apresuran para ser los primeros en recoger sus cosas, que no te empujan para ir delante de ti, que te dejan tiempo y que te piden disculpas si se adelantan porque comprenden que prefieres tomártelo con calma y que lo lógico es que pasen ellos primero, que eso es lo mejor para todos en ese momento.
Por fin se abre la puerta. Por fin San Francisco.. Berkeley está cada vez más cerca. Los diecinueve años desde aquella primera vez se disuelven. Se abren las puertas de lo que en otros mundos parece imposible. Entro en mi gran paraíso. Lo recobro de nuevo: LET THERE BE LIGHT.
La llegada desde Atlanta es nueva para mí. No me dice nada al principio, pero a medida que el paisaje se despliega como un papiro desde los ocres de grandes extensiones desérticas hacia el verde tachonado de los árboles, que pronto será una eclosión de flores, las flores del paraíso, a medida que el papiro se abre, la realidad va perdiendo sus tintes absolutos para teñirse de relativismo, para entender la insignificancia de nuestros afanes, perdidos en la inmensidad que nos rodea y que solo se ve cuando subimos y miramos desde arriba.
Han pasado diecinueve años desde aquella primera vez en que atrás quedaba el infierno, diecinueve años para volver de un infierno mayor. Otros trayectos intermedios no fueron tan drásticos: de algún modo parecía que el infierno podía dejar de serlo, incluso podía parecerse al paraíso. Infierno y paraíso, dos polos falsos, dos maneras de ver y sentir la realidad metafóricamente, dos maneras de hablar de la pena y de la alegría, de la fealdad y de la belleza, de la oscuridad de la ignorancia autocomplaciente y de la búsqueda de la luz a través del saber, de la reflexión. Dos formas de referirse a dos maneras de sentirse en el mundo.
Y no hace falta bajar del avión. Ya antes de que se abran las puertas del paraíso, miro a mi alrededor y veo expresiones amables que reciben tu mirada y sonríen, que son conscientes del medio en el que se mueven, de las personas que los rodean, de que no son los únicos que están en el mundo, que no se apresuran para ser los primeros en recoger sus cosas, que no te empujan para ir delante de ti, que te dejan tiempo y que te piden disculpas si se adelantan porque comprenden que prefieres tomártelo con calma y que lo lógico es que pasen ellos primero, que eso es lo mejor para todos en ese momento.
Por fin se abre la puerta. Por fin San Francisco.. Berkeley está cada vez más cerca. Los diecinueve años desde aquella primera vez se disuelven. Se abren las puertas de lo que en otros mundos parece imposible. Entro en mi gran paraíso. Lo recobro de nuevo: LET THERE BE LIGHT.
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